Ocio y Prejuicio

¿Quién no atravesó en algún momento de su vida el tedioso, frustrante y angustiante, pero a la vez educativo, proceso de buscar trabajo? Seguro varios me dirán que no. Pero esta vez me toca a mí.

A pesar de estar ociosa desde marzo, voy a tomar al mes de septiembre como punto de partida.

Doce meses atrás, estaba en plena búsqueda de departamento. Una nueva etapa comenzaba. Yo, feliz, entusiasmada, dueña de mi propio mundo y pronto, de mi propia vivienda. Como buena apurada que soy, empece a comprarme chucherías para el departamento. Lo importante: copas de vino, una tostadora, una sandwichera y unos platos triangulares divinos, aptos exclusivamente para comer pizza.

A pesar de estar en las nubes imaginándome cómo seria mi nueva morada, mis pies estaban en la tierra. La situación laboral no era muy prometedora, y no podía evitar preguntarme qué pasaría si luego de invertir y endeudarme para comprar un departamento, me despidieran del trabajo.

Un cocktail de fusión, mezclado con rumores, esencia de desmotivación y una rodaja de jefe nuevo, embriagaban mi cabeza con incertidumbre, y peor aun, generaban una resaca llena de preguntas. ¿Debería ponerme a buscar trabajo? ¿Debería hablar con mi jefe? ¿Deberia pedir ayuda? ¿Debería preocuparme? ¿Estaba realmente preocupada?

La respuesta a todas esas preguntas fue un simple, y sincero no. Sentía un gran respeto por esa compañía, pero como todo, era parte de un ciclo, y como tal debía finalizar. Sin embargo, más que como un final, lo tome como un comienzo. Una nueva aventura. Sin responsabilidades, podía cumplir mi sueño de ir a España con Padre, y qué mejor lugar para descontaminar mi mente que un verano la península ibérica?

Así como estaban las cosas no era el momento para invertir, por ende decidí posponerlo. Me prometí a mí misma retomar la búsqueda, siempre y cuando llegara al mes de abril con trabajo. Spoiler alert: no llegué a cumplirla. Atravesé noviembre, diciembre, y enero en incertidumbre, hasta que llegó febrero, y con él la tan rara reunión entre mi jefe, un representante de recursos humanos, y yo.

Las palabras exactas no las recuerdo, solo sé que en cuanto transmitieron el mensaje, mi mente se traslado inmediatamente a una playa mediterránea. Hay veces, incluso, que creo que sigue ahí.

Contarle la noticia a mis amigos no fue fácil, pero mi cuerpo estaba invadido por una sensación de libertad, felicidad y paz que nunca había sentido. Era libre de tomar mis propias decisiones, no tenia que rendirle cuentas a nadie, y fui consiente del estado en el que estaba: libertad suprema.

Una cosa curiosa la libertad. Todos creemos que es algo fácil de llevar, pero en realidad no lo es. Puede generar dudas de hacer lo que esta bien, o de tomar las decisiones correctas. También críticas por no hacer lo que haría la mayoría. ¿No es más seguro seguir las normas habituales, que romper parámetros y hacer nuestras propias reglas? ¿Seguro? Sí. ¿Evolutivo? no.

No tardé mucho en organizarme y comprar el pasaje. Mi momento de ocio había comenzado en marzo, pero mi vuelo partía el 18 de junio. Tenia cuatro meses a mi disposición para dedicarme a mí misma, y créanme cuando les digo, es demasiado tiempo para dedicarle plenamente a una persona, sobre todo, a uno mismo.

Con el tiempo libre comenzó el tan famoso “Vení, pasá, total Rufi esta al p€d®.” No es el hecho de estar al p€d® lo que me molestaba. Era la prolongación de la consonante en la contracción lo que perturbaba y sigue perturbando mi oído. 

A la gente le molesta que uno tenga tiempo libre. Siempre lo ven como algo malo, algo que hay que corregir, y siempre esta el opinólogo que viene e impunemente dice lo que tenes que hacer, como si ya no lo supieras. Tenes que hacer actividades, tenes que llenarte el día de cosas, tenes que aprovechar para hacer un curso, tenes que aprovechar para buscar trabajo, tenes que hacerte una rutina.

Tenes que hacerte una rutina. Palabras más sabias nunca se han dicho. Todos, desde que empezamos el jardín, hasta que nos despiden, o al menos en su mayoría, estamos faltos de tiempo de ocio. Las consecuencias de esto, es no saber manejarlo. 

Sin trabajo, la tarea que más tiempo del día nos demanda desaparece, y sin ella, tenemos el beneficio de poder hacer lo que deseemos y nos haga feliz, sin importar otra crítica más que la propia. 

¿Qué hacemos? ¿Siendo dueños de nuestro tiempo, cómo lo aprovecharíamos? Bueno, esto es algo que depende en realidad de una única cuestión: ¿Sabemos estar solos? ¿Somos capaces de convivir con nosotros mismos durante las 24 hs del día? Averiguarlo o no, está en cada uno.

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